
Incluso remontándome a mis más oscuras épocas de católico franciscano-carismático (una extraña forma de emotivismo protestante, avalada por la Iglesia) no extraigo recuerdos en los que haya podido conciliar, dentro de mi antiguo teísmo, con la idea de la infalibilidad papal.
Con mucha mayor razón, en mi etapa más estable de catolicidad (cuando portaba una fe franciscano-liberacionista), nunca pude tragarme la farsa que parlotea en torno a la imposibilidad de equivocarse del Papa. No se adecuaba a mi tendencia
aggiornizante ("
modernista" le llamarían algunos tradicionalistas fanáticos). Recuerdo que le decía a mi madre que, si la Iglesia anulaba el celibato sacerdotal, yo no hubiera tenido ningún problema de ingresar a un seminario de formación teológica. Y también guardo en mi memoria que me repugnaba (como lo sigue haciendo ahora) la estupidez discriminatoria de los jerarcas del Magisterio hacia el sexo femenino, que le impedía el acceso al sacerdocio, bajo la excusa de que "Cristo no llamó a mujeres entre sus discípulos".
En aquel tiempo (bíblica frase) gustaba más de la propuesta de las comunidades eclesiales de base, y de la
Teología de la Liberación. Un especial recuerdo tengo del sacerdote capuchino Miguel Rojas, un pujante líder del templo "Virgen de la Familia" (ubicado en la urbanización de La Campiña, en el distrito limeño de Chorrillos), que sabía tomar elementos de la doctrina cristiana en favor del fortalecimiento de las organizaciones populares de aquel barrio, donde me desarrollé labores de dirigente juvenil parroquial.
El padre Miguel hacía uso de su autoridad para barrer con las diversas argollas que lucraban con la religiosidad de la población. Ya sean hermandades, coros, catequistas o misioneros, pasaba a retiro a quienes, por querer seguir disfrutando del presupuesto parroquial, se negaban a adoptar la espiritualidad franciscana originaria, y se rodeaba de quienes, por convicción, servían al "pueblo de dios". Todo ello, sin temer acusaciones de ser demasiado "político".
En uno de sus últimos sermones, denunció la actitud discriminadora del Arzobispado de Lima (dirigido por
Monseñor Cipriani), que ordenó cerrar el servicio de acolitado femenino. Es decir, las mujeres no podían ni ayudar al sacerdote a hacer las ceremonias de culto religioso. "Vendrán tiempos de mayor justicia", expresó valientemente el único sacerdote que admiro hasta la actualidad. Lamentablemente, el padre Miguel pronto fue reemplazado por curas más tradicionales, que redujeron el trabajo de base a una labor burocrática que bloqueba toda innovación e iniciativa popular. Supe que lo mandaron lejos del Perú. Pero no he vuelto oir de sus actividades.
Desde entonces, mi vida ha dado giros radicales, saltos cualitativos. Mi religiosidad ha variado, pero mis deseos de servir al pueblo sigue intacta. Ya no creo en la existencia de dioses, ni siento dependencia de utópicos seres sobrenaturales. Mis convicciones más fuertes están vinculadas a la necesidad de aportar a la transformación de la sociedad actual, de un nuevo mundo posible.
Todo este preludio viene a cuento para manifestar mi indignación ante las frases de Benedicto XVI en África, durante su gira a Camerún (17-20 marzo 2009) y Angola (20-23 marzo 2009). El primer día de su gira, en Yaundé,
afirmó que el Sida "no se puede superar con la distribución de preservativos" y que, por el contrario, éstos "aumentan los problemas". Y se ha atrevido a proponer las viejas soluciones a la pandemia: exclusivismo sexual (monogamia), o abstinencia, abstinencia y más abstinencia. Esto (que el Papa llama "humanización de la sexualidad"), ha sido dicho en un continente donde se padece el 63% de casos de personas infectadas por el VIH a nivel mundial.
El Papa actualmente reinante (que tiene un "palmarés" de hechos lamentables, que incluyen
discursos azuzadores de la violencia religiosa,
conciliaciones con los sectores fascistas de la Iglesia, y la
exaltación del sufrimiento y la agonía contra todo sentido común) ha metido la pata nuevamente. Su supuesta infalibilidad en materia teológica no le permite acertar en sus apreciaciones sobre la problemática social y de salubridad que afecta al tercer mundo. No ha denunciado, por supuesto, la falta de esfuerzos de las corporaciones farmaceúticas para abaratar los costos de los tratamientos para pacientes de VIH, que el día de hoy deben adquirir medicamentos carísimos para controlar su enfermedad. La culpa toda, eso sí, la tendrían los "malos" instintos humanos, el alejamiento de la "gracia de dios" y nuestra "naturaleza pecadora y sufriente". Viejos argumentos agustinianos, que el día de hoy ya no convencen, en la práctica, a las masas conscientes.
Las declaraciones papales no han sido del gusto ni siquiera de los gobiernos liberales. Diversos países europeos han
deslindado con ellas, pues develan indirectamente, frente a este grave problema de salud, la indolencia de la "comunidad internacional", de la cual forma parte el mismo Benedicto XVI. El programa para el sida de la ONU, se ha apresurado en
afirmar que el preservativo es, hoy en día, la mejor forma de protección para las personas sexualmente activas, que no piensan reprimir sus experiencias amatorias por hacer caso a consignas oscurantistas.
Es así que el "santo padre" ha cometido uno de sus dislates más vergonzosos. Pues en esta ocasión ha sido duramente criticado por sus mismos aliados, ante quienes ahora
pide no restringir su "libertad de expresión", bajo pretexto de que amenaza el ejercicio de su religiosidad. El anciano dirigente de la Iglesia católica pasa sus últimos días intentando concretar infructuosamente, su proyecto de hacer de la iglesia un "rebaño pequeño",
sectario y elitista; atacando el relativismo, pero defendiendo el absolutismo del dogma y el Magisterio eclesiástico, que se considera el único depositario de la "Tradición apostólica"; desbaratando la línea del mítico Cristo que, dicho sea de paso, no ha dejado huella de su presencia concreta en la tierra, ni da visos de su próximo regreso. En esa "gran misión" Benedicto XVI incluye, por supuesto, eliminar toda propuesta progresista en el seno del resquebrajado catolicismo.
Pero no creo que logre éxitos. El Papa se muestra más falible que nunca.